—Suéltalo… por favor —rogó Rosa, alzando las manos—. No quiero problemas. Solo déjame llevármelo.
Ramón frunció el ceño, divertido.
—Tarde. Tu hermana me lo quitó una vez. No dejaré que tú hagas lo mismo.
Rosa sacó la carta arrugada.
—Ella murió protegiéndolo… y te denunció antes de desaparecer. Todo está aquí.
Por un instante, el hombre titubeó. El viento rugió más fuerte. La carta tembló entre los dedos de Rosa… y una ráfaga la arrancó, lanzándola al suelo mojado.
Tomás se soltó por instinto para recogerla.
—¡No! —gritó Rosa.
Ese segundo fue la grieta por donde entró el milagro. Rosa corrió, tomó al niño y lo atrajo hacia sí.
—¡Corre, Tomás!
El pequeño tropezó, pero la fuerza de Rosa lo sostuvo. Ramón intentó alcanzarlos, pero el suelo resbaladizo lo traicionó: cayó de rodillas, aferrándose a la barandilla. La lluvia le pegó la gorra al rostro. Y en su mano quedó la carta empapada, las letras borrosas como un juicio.
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