La vida de la que decidí alejarme
Durante mucho tiempo, creí que el amor requería paciencia, una paciencia que poco a poco borraba a quien lo ofrecía, y que si simplemente me mantenía firme, tranquila y comprensiva, el hombre con el que me casara recordaría quiénes habíamos sido antes de que la ambición lo transformara en alguien irreconocible.
Me llamo Mariana Maren Álvarez, aunque durante siete años viví con un nombre mucho más discreto, uno que encajaba a la perfección en la vida de un hombre que necesitaba que yo fuera sencilla para sentirse importante, y que confundió mi calma con falta de profundidad, mi discreción con falta de ambición y mi lealtad con algo que podía dar por sentado.
Cuando Alejandro me dejó, no lo llamó abandono.
Lo llamó crecimiento.
Me dijo, con el tono cuidadoso y ensayado de quien ya se había convencido de su propia rectitud, que necesitaba una pareja que pudiera «seguir el ritmo de su futuro», como si yo alguna vez le hubiera pedido que bajara la velocidad, como si el amor alguna vez hubiera sido una competición en la que uno debía superar al otro.
No discutí.
No supliqué.
No intenté explicarle que lo que él llamaba sencillez era, en realidad, estabilidad, y que lo que él consideraba ordinario era, en realidad, disciplina.
Simplemente lo dejé ir.
Porque incluso entonces, en algún lugar bajo el silencioso dolor, comprendí algo que él no.
No me estaban dejando atrás.
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