¿Que te estoy mintiendo? Ese hijo no es mío. La voz de Sebastian sonó dura como piedra. Te has acostado con media oficina. No me sorprendería que hasta con mi padre. Alejandra retrocedió como si la hubiera golpeado. ¿Cómo puedes decir algo tan horrible? Te he amado un año entero. Sebastián soltó una risa seca que hirió los oídos de Alejandra. Amor, por favor. Fue diversión nada más. Mi futuro ya está planeado con Bianca Montero. ¿Crees que un embarazo va a cambiar eso?
Tu futuro. Alejandra sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Me juraste que lo de Bianca era solo presión de tu familia, que buscarías otra solución. Y la encontré. Sebastian sonrió con malicia. Bianca tiene clase, educación y apellido. ¿Qué tienes tú? Nada. Los ojos de Alejandra ardían, pero no le daría el gusto de verla llorar. Tienes razón. No tengo nada tuyo que valga la pena conservar. Giró hacia la puerta, pero las palabras de Sebastian la detuvieron.
Si piensas que voy a darte un centavo por ese bastardo, estás muy equivocada. Nadie creerá que es mío. Algo estalló dentro de Alejandra. El dolor se transformó en furia. caminó hacia él con pasos firmes. Su mano voló sola y golpeó la cara de Sebastian con toda su fuerza. El sonido de la bofetada pareció detener el tiempo. Sebastian, con ojos desorbitados, tocó su mejilla enrojecida. “Nunca te pedí dinero”, dijo Alejandra con voz clara. “Solo creí que merecías saber que serás padre, pero ahora veo que no mereces ni mi saliva.
Sal de mi oficina antes que llame a seguridad”, gruñó Sebastián. Tranquilo, no volverás a verme jamás. Alejandra recogió el sobre blanco del escritorio y lo guardó en su bolso. Salió con la cabeza alta. Las lágrimas esperarían. Ahora necesitaba ser fuerte. En su escritorio tomó la foto de su madre y un pequeño cactus que había sobrevivido con poca agua, igual que ella sobreviviría sin Sebastian. escribió su renuncia en un papel, lo dejó sobre el teclado y caminó al ascensor.
La recepcionista la miró extrañada. “Está bien, señorita. Mejor que nunca”, contestó Alejandra con una sonrisa que no llegó a sus ojos. Salió a la calle bajo el sol abrasador. San Diego brillaba indiferente a su dolor. Caminó sin rumbo hasta llegar a la playa. Se quitó los zapatos y dejó que el agua fría mojara sus pies. Ahora somos tú y yo, susurró a su vientre, y saldremos adelante. Esa misma tarde, con sus ahorros compró un boleto de autobús a Chula Vista, su pueblo natal.
