SU EX LA INVITÓ A SU BODA PARA HUMILLARLA… PERO ELLA LO DEJÓ EN SHOCK…
Mientras esperaba en la estación, llamó a su madre. Mamá, voy para casa. ¿Pasó algo, hija? Alejandra observó a la gente que pasaba, cada quien con su propia historia de dolor. Te cuento cuando llegue. En el autobús, junto a la ventana, vio como San Diego se alejaba. Los edificios donde había depositado sus sueños se hacían pequeños. Las lágrimas, por fin libres, corrieron por sus mejillas. Una señora mayor le ofreció un pañuelo de tela. Los hombres no valen nuestras lágrimas, mijita.
Alejandra sonrió entre soyosos. No lloro por él, lloro por mí por lo ciega que fui. Entonces son lágrimas que limpian dijo la señora. Déjala salir. Y así lo hizo. Lloró hasta quedarse dormida con una mano protectora sobre su vientre, donde crecía una vida inocente. Lo que Alejandra no sabía era que ese bebé no venía solo y que el camino que ahora parecía el fin de sus ilusiones sería el principio de algo mucho más grande que el falso amor de Sebastián Valverde.
Un año antes, Alejandra pisaba por primera vez el suelo reluciente del edificio Valverde. Su falda negra y blusa blanca eran lo mejor de su guardarropa. El cabello recogido en un moño y los zapatos prestados de su prima le daban confianza. “Vengo por el puesto de secretaria ejecutiva”, dijo a la recepcionista rubia que la examinó de pies a cabeza. Piso 15. El señor Valverde la espera. Alejandra pensó que vería al dueño, un anciano según las revistas. El ascensor subió veloz, demasiado rápido para calmar sus nervios.
La puerta estaba abierta. Un hombre joven hablaba por teléfono junto a la ventana. Al verla, terminó la llamada. Señorita Mendoza, soy Sebastian Valverde. No era el empresario canoso que esperaba. Este hombre tendría 30 años con ojos azules que contrastaban con su piel bronceada y cabello negro. Su traje azul marino parecía diseñado exclusivamente para él. “Mucho gusto”, logró decir Alejandra estrechando su mano. El contacto envió una corriente extraña por su brazo. Siéntese, por favor. Su currículum me impresionó.
La entrevista fluyó mejor de lo esperado. Sebastián era cordial, profesional, pero había algo en su mirada que la inquietaba. El puesto es suyo, dijo al final. Necesito alguien organizado y discreto. Usted parece perfecta. Alejandra salió del edificio eufórica. Un trabajo con buen sueldo en una empresa importante. Su vida cambiaba por fin. Los primeros meses fueron intensos. Sebastian exigía perfección, pero recompensaba bien. Alejandra aprendió rápido, ganándose su confianza. Mantenía todo profesional, aunque notaba como él la observaba cuando creía que ella no se daba cuenta.
La fiesta de Navidad de la empresa lo cambió todo. Alejandra no quería asistir, pero su amiga Lucía insistió. Necesitas divertirte. Además, ese vestido rojo te queda espectacular. El salón del hotel brillaba con luces y decoraciones. Alejandra se sentía fuera de lugar entre ejecutivos y sus esposas cubiertas de joyas. Se refugió en un rincón con una copa que apenas probó. No debería esconderse la mujer más hermosa de la fiesta. Sebastián apareció a su lado, elegante en su traje negro sin corbata.
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