Levanté la cabeza y lo miré fijamente a los ojos. No intentó disimular su desprecio.
—Nora, han pasado tres años desde que te casaste con esta familia.
—Sí, señor —susurré, mi voz apenas audible en aquella cavernosa habitación—.
—Sabes cómo te ha tratado Julian. Sabes cuál es tu lugar aquí. Fuiste un error de juicio, una etapa que finalmente ha superado.
Abrió un cajón de su escritorio y sacó un cheque ya escrito y firmado.
Lo dejó caer sobre el escritorio. Se deslizó hacia mí, ligero como una pluma, pesado como una montaña.
Ciento veinte millones de dólares.
—No perteneces a su mundo —dijo Arthur, pronunciando cada palabra con precisión—. Toma esto, firma los papeles y desaparece. Esto es suficiente para que tú y tu patética familia vivan en el lujo el resto de sus vidas.
El insulto me dolió como una aguja clavada en el corazón.
Mi patética familia.
Mi padre, profesor de secundaria que tenía dos trabajos para pagarme la universidad.
Mi madre, enfermera que dedicó treinta años a cuidar a personas sin recursos.
Patético.
Me temblaba el cuerpo, pero mantuve el rostro impasible. Miré a Julian, buscando algún atisbo de algo.
¿Arrepentimiento? ¿Culpa? ¿Un solo recuerdo de las noches que pasamos juntos, de las promesas que susurramos en la oscuridad?
Nada.
Ni siquiera pestañeó. Su pulgar seguía...
Seguí desplazándome, desplazándome, desplazándome por cualquier cosa que fuera más importante que este momento.
Mi corazón se murió allí mismo, en ese estudio.
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