No se quedó quieta ni un segundo. Fregó ventanas que llevaban años sin limpiarse, derribó el viejo cobertizo y vació montones de trastos del trastero.
Pero la mayor sorpresa llegó al quinto día.
Lena salió al patio, miró el techo hundido y dijo:
«No puedes seguir viviendo así. Cuando llueve, es igual que estar a la intemperie».
—Bueno, siempre quise arreglarlo… —murmuró Stepan.
—Entonces prepárate —dijo ella con firmeza—. Empezamos hoy.
Ese mismo día, todo el pueblo presenció algo increíble.
Stepan, que había pasado años encorvado, alegando que no tenía fuerzas, estaba de pie en el tejado. Reemplazó tablas, clavó láminas de metal, refunfuñó por los clavos rebeldes… y se rió.
Lena estaba abajo, pasándole las herramientas.
En una semana, una nueva cerca rodeaba el patio. Dos semanas después, el jardín estaba limpio, arado y sembrado. La casa se llenó del aroma a pasteles recién hechos, y por las tardes, los vecinos empezaron a pasar a saludar, atraídos por la calidez y la amena conversación de Lena.
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