Valentina avanzó.
Tacón.
Tacón.
Tacón.
Cada paso sonaba como una cuenta regresiva.
Cada mirada la seguía como si fuera una aparición salida de una tragedia familiar demasiado antigua para ser contenida por flores, por música o por el maquillaje social de la alta sociedad. Lo que caminaba hacia el altar no era una novia feliz. Era una hija herida. Una mujer a la que le habían arrancado algo sagrado. Una heredera que ya no venía a casarse, sino a cobrar.
—¿Qué demonios significa esto? —murmuró un empresario francés.
—Tal vez es una extravagancia —dijo otro, sin creérselo.
—No —susurró Rachel, casi para sí misma—. Esto es una declaración de guerra.
Cuando Valentina llegó frente al altar, Adrián extendió la mano.
—Valentina, mi amor —dijo con voz suave, controlada—. Estás… impresionante.
Ella no tomó su mano.
Se detuvo a un metro de él.
Sonrió.
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