Amir se acercó.
—Señor, ¿podemos? ¿Podemos…? —Pero no pudo terminar la frase. La vergüenza le ahogó las palabras.
Jamal los miró. Por fin, los miró de verdad. Vio la ropa desgastada, los ojos cansados, el hambre reflejada en sus rostros.
Frunció el ceño, con una expresión más suave de lo esperado.
—¿Están bien?
Antes de que pudieran responder, un teléfono empezó a sonar a sus espaldas. Una voz femenina se escuchó con brusquedad.
—Jamal, mamá dice que necesita verte hoy. Algo sobre tu pasado.
Jamal suspiró, distraído.
—Kiara, ahora no.
Pero esa frase —tu pasado— hizo que algo brillara en sus ojos.
Mientras tanto, Arie recogió rápidamente los objetos dispersos, pero el hambre era demasiado fuerte, demasiado intensa. Los trillizos se miraron y tomaron una decisión.
Agarraron el almuerzo y corrieron.
No por avaricia.
Por pura y dolorosa supervivencia.
Jamal parpadeó sorprendido, pero no los persiguió. Algo dentro de él le decía que los dejara ir. Algo profundo y familiar.
No sabía por qué.
Todavía no.
Pero el destino acababa de rozarlo y huía, aferrándose a su cartera.
Más tarde ese día, mucho después de que los trillizos desaparecieran entre las bulliciosas calles con la bolsa del almuerzo de Jamal, la ciudad seguía su curso como si nada inusual hubiera ocurrido. Pero para Ari, Amir y Aaliyah, aquella huida se sintió como la carrera más larga de sus vidas.
Cuando llegaron a una manzana más tranquila, lejos de los edificios relucientes y las aceras pulidas, les dolían las piernas y respiraban con dificultad, con jadeos agudos y dolorosos.
Aaliyah se apoyó contra una pared de ladrillos desgastada y dejó escapar un suspiro tembloroso.
«Nunca había corrido así».
Arri miró a su alrededor para asegurarse de que nadie los hubiera seguido. Pasaban coches. Desconocidos paseaban a sus perros. La vida continuó, y a nadie le importó que tres niños asustados de ocho años se aferraran al almuerzo de un desconocido.
—Estamos a salvo —dijo finalmente—. Nadie nos persigue.
Solo entonces Amir dejó con cuidado la bolsa arrugada del almuerzo en el suelo, como si fuera algo preciado.
—Deberíamos comer ahora antes de que alguien la robe.
Sus estómagos rugieron en señal de acuerdo.
Aaliyah abrió la bolsa lentamente, con reverencia. Dentro había un sándwich, una botella de agua, una taza de fruta y una barra de granola. El tipo de comida que los ricos dan por sentada, pero con la que sueñan los niños pobres.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
