Iván, ahora con una máscara de oxígeno cubriendo parte de su rostro, mantenía los ojos fijos en sus hijas siempre que el dolor lo permitía. Había una petición silenciosa en aquella mirada, una súplica para que ellas permanecieran fuertes, unidas, como siempre habían sido desde el nacimiento. Él se pondrá bien. Por favor, diga que se pondrá bien, preguntó Iris al paramédico que monitoreaba los signos vitales de Iván. Él es el mejor padre del mundo. Él no puede. Él no puede.
Al llegar al hospital comunitario, el caos organizado de una emergencia envolvió a todos. Iván fue rápidamente transferido a una camilla hospitalaria y llevado por un pasillo. Mientras las trillizas corrían para acompañarlo. Sus pequeñas piernas apenas conseguían mantener el ritmo de los adultos. Una enfermera intentó gentilmente retenerlas, explicando que necesitaban esperar, pero la determinación en los ojos de Laya la hizo reconsiderar. Entendiendo la situación, permitió que las niñas se quedaran cerca, siempre que no interfirieran en el trabajo del equipo médico.
Doctor, son sus hijas trillizas. Por lo que entendí, no tienen a nadie más, explicó la enfermera al médico que ahora examinaba a Iván. Creo que es mejor dejarlas ver a su padre cuando esté estabilizado. La situación parece complicada. Las horas siguientes transcurrieron en una sala de espera fría e impersonal, con las trillizas sentadas juntas en un único asiento, como si fundirse en uno solo pudiera de alguna forma disminuir el miedo que sentían. Enfermeras pasaban ocasionalmente ofreciendo vasos de agua o preguntas amables que las niñas apenas registraban.
El reloj en la pared parecía moverse en cámara lenta, cada minuto estirándose como una hora. Laya mantenía el brazo alrededor de los hombros de Iris, que lloraba silenciosamente, mientras Isabel observaba cada movimiento en el pasillo, calculando, analizando, buscando cualquier señal de esperanza. Él siempre cuidó de todos”, susurró Iris secándose las lágrimas con la manga del vestido. Nunca se quejó, incluso cuando estaba muy cansado, ¿por qué esto tenía que pasarle a él? Cuando finalmente permitieron que las trillizas vieran a su padre, él había sido transferido a una habitación pequeña, pero privada, una gentileza al hecho de ser un colega de profesión, aunque trabajara en otro hospital.
Iván estaba acostado en la cama, conectado a varios monitores y con una línea intravenosa en el brazo. Su piel, normalmente de un tono saludable, estaba grisácea bajo las luces fluorescentes del hospital. Pero sus ojos, aquellos ojos que siempre rebosaban amor por sus hijas, aún brillaban cuando ellas entraron en la habitación. “Mis pequeñas guerreras”, llamó Iván con voz débil, extendiendo una mano temblorosa hacia sus hijas. Vengan más cerca. Necesito mirarlas bien. Las niñas se aproximaron cautelosamente, asustadas con los tubos y máquinas, pero desesperadas por el consuelo que solo el Padre podía ofrecer.
Subieron al borde de la cama, una de cada lado y una a los pies, formando un círculo protector a su alrededor. Laya sostuvo la mano derecha del padre Isabel la izquierda, mientras Iris tocaba ligeramente sus pies cubiertos por la sábana hospitalaria. La enfermera que ajustaba los monitores intercambió una mirada significativa con el médico que acababa de entrar, ambos reconociendo la belleza y la tragedia de aquella escena. Ustedes fueron tan valientes hoy. Estoy tan orgulloso de cómo actuaron”, habló Iván cada palabra claramente, costándole un esfuerzo tremendo.
“Ustedes son la luz de mi vida. Siempre lo fueron desde el primer momento, las trillizas sentían que algo estaba profundamente mal. No era solo la palidez del padre o los aparatos alrededor, era algo en el aire, en la forma como los adultos evitaban mirar directamente hacia ellas, en la manera como su padre hablaba, como si estuviera intentando colocar una vida entera de amor en pocas frases. Isabel, siempre la más perceptiva, fue la primera en entender y sus ojos se llenaron de un conocimiento demasiado doloroso para su edad.
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