Sofía Álvarez llevaba dos días sin dormir. Su hermano menor, Julián, estaba hospitalizado en el Hospital San Gabriel tras un accidente de moto, y con cada hora que pasaba, la deuda por las cirugías de urgencia aumentaba. La joven, estudiante de administración de empresas y becaria en la firma financiera Torres & Asociados, lo había intentado todo: préstamos estudiantiles, adelantos de sueldo, incluso vender las pocas pertenencias de valor que tenía. Nada era suficiente.
La noche anterior, en un intento desesperado, se armó de valor para pedir una cita con el director general, Alejandro Torres, un hombre conocido por su implacable seriedad y su obsesivo sentido de la perfección. Nunca se habían cruzado antes, salvo en el ascensor, donde apenas recibió un saludo cortés. Pero esa noche, la actitud del hombre cambió al oír la voz temblorosa de Sofía explicándole su situación.
Alejandro no respondió de inmediato. Se acercó a la ventana de su oficina, que daba a toda la ciudad iluminada. Entonces, sin mirarla, dijo con un tono demasiado frío:
“Puedo ayudarte”. Pero necesito algo a cambio.
La propuesta era clara. Cruel. Humillante. Solo una noche. Un trato que Sofía jamás habría imaginado aceptar. Pero la imagen de Julián conectado a tubos, los médicos presionándola para que tomara decisiones y la absoluta falta de opciones finalmente la quebrantaron. Esa noche, Sofía dejó de lado su dignidad para salvar a su hermano.
A la mañana siguiente, despertó en el apartamento privado del empresario. Él seguía dormido. Sobre la mesa había un sobre: la factura del hospital y una breve nota, escrita con su impecable caligrafía.
“No te debo nada. Tú no me debes nada. Da por hecho que esto es un trato cerrado”.
Sofía sintió una mezcla de alivio, vergüenza y furia. Se vistió en silencio, dejó la nota exactamente donde la encontró y se marchó sin mirar atrás.
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