Esa frase nació una noche sin luz, cuando Camila era pequeña. Nunca la compartimos. Nunca la escribí. Nadie más podía conocerla.
Con el pecho golpeándome desde adentro, pregunté lo único que podía confirmar lo imposible:
—Si eres Camila… ¿de qué color era tu primer paraguas?
—Azul. Chiquito. Lo compraste en el mercado de San Miguel. Volvimos empapados porque tú olvidaste el tuyo… y yo me reí todo el camino.
Colgué. Caminé hasta la puerta como empujado por algo que no controlaba. Miré por la mirilla.
Ahí estaba.
Empapada, con su chaqueta gris, el pelo oscuro recogido sin cuidado, pálida bajo la llovizna. Alzó la vista directo a la mirilla y movió los labios sin emitir sonido:
—Papá… todavía guardas mi carta detrás de la foto de tu boda, ¿verdad?
Retrocedí. Esa carta existía. Nadie más lo sabía.
Los golpes comenzaron. Suaves. Reconocibles.
Toc, toc, toc.
—Papá… abre, por favor.
Abrí apenas unos centímetros.
No había nadie.
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