La azafata apareció a su lado, con una sonrisa forzada que ya empezaba a desvanecerse. —Señora —dijo, inclinándose—, entiendo que está haciendo todo lo posible, pero hay otros pasajeros que intentan descansar. ¿Hay alguna manera de calmar a la bebé?
Rachel parpadeó, demasiado cansada para defenderse.
—Lo estoy intentando —dijo en voz baja, abrazando a Sophia con más fuerza—. Le están saliendo los dientes y este es su primer vuelo. Yo... no sé qué más hacer.
La bebé lloró más fuerte, como si se rebelara contra toda la vergüenza que flotaba en el aire. Rachel lo sentía: docenas de miradas, cada una llena de juicio. Ya se imaginaba los titulares: «Madre infernal arruina vuelo» o «Por qué los bebés no deberían volar».
Sentía las mejillas ardiendo. Se le hizo un nudo en la garganta.
Entonces llegó la gota que colmó el vaso.
Un hombre de dos filas más adelante murmuró lo suficientemente alto: «Deberías haberte quedado en casa si no puedes con una niña».
Rachel estuvo a punto de salir corriendo. Quería encerrarse en el diminuto baño y llorar desconsoladamente hasta que aterrizara el avión. Pero antes de que pudiera levantarse, una voz tranquila a su derecha rompió la tensión.
—¿Le importaría si lo intento?
Se giró, sobresaltada.
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