Una madre exhausta y su bebé se quedan dormidos en el hombro del director ejecutivo en pleno vuelo; lo que sucede cuando despierta la deja sin palabras.

Un hombre con traje azul marino estaba sentado a su lado: alto, sereno, de unos treinta y pocos años. Tenía el pelo oscuro, barba incipiente y un aura de calma que no encajaba en clase económica. Sonrió, con una mirada amable.

—Soy James —dijo—. He ayudado a criar a tres sobrinas. Tengo bastante experiencia con bebés inquietos. ¿Puedo?

Rachel lo miró fijamente, sin saber si confiar en él, sin saber si podía confiar siquiera en sí misma en ese momento. Pero algo en su tono la desarmó. No era lástima. No era intromisión. Solo... calidez.

Tras respirar hondo, asintió y le entregó a Sophia.

Fue como si se encendiera un interruptor.

En cuestión de segundos, Sophia se calmó, con su cabecita acurrucada contra el pecho de James. Él comenzó a tararear una melodía suave y rítmica que Rachel no reconoció, pero que sintió en lo más profundo de su ser. La bebé se quedó quieta. La tensión en la cabina comenzó a disiparse.

Rachel observaba con los labios entreabiertos.

—¿Cómo? —susurró, parpadeando.

James rió suavemente. —Creo que solo necesitaba un cambio de ritmo, y tal vez un latido más tranquilo.

Rachel exhaló y luego rió por primera vez en lo que parecieron meses.

—Soy Rachel —dijo—. Ella es Sophia. Obviamente.

Él sonrió. —Es preciosa. Las dos lo son.

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