No era una marca de nacimiento. No era un rasguño infantil. Era una forma fina y deliberada, desvanecida pero inconfundible, como un sello estampado en la piel.
A Natalia se le secó la boca. Sus primeros pensamientos la llevaron a médicos, hospitales, procedimientos. Pero el lugar le pareció inapropiado: elegido, innecesario.
Clara estudió atentamente la expresión de Natalia, interpretándola como otros niños interpretan dibujos animados. Su voz era tranquila y monótona.
—No te la frotes —dijo Clara. No era una petición. Era una advertencia.
Las manos de Natalia se quedaron paralizadas en el aire, torpes e inútiles, con el corazón latiéndole con fuerza. Se obligó a respirar.
—¿Te duele? —preguntó.
Clara negó con la cabeza y bajó la mirada hacia el agua de la bañera.
—Mi otra mamá dijo que me pertenece —murmuró Clara, como repitiendo las palabras de otra persona—. Dijo que tengo que quedármelo, así que lo sabrás.
Un escalofrío recorrió el pecho de Natalia. —¿Quiénes son? —preguntó, con la voz temblorosa a pesar de su esfuerzo por mantener la calma.
Clara miró hacia la puerta del baño, luego de nuevo hacia atrás. —Entra gente —susurró—. Gente haciendo preguntas. Gente hablando.
Las manos de Natalia empezaron a temblar. Envolvió a Clara en la toalla demasiado rápido, como si la tela pudiera ocultar la verdad.
Llevó a Clara al dormitorio y la ayudó a ponerse el pijama. Clara no se resistió. Esa silenciosa obediencia dolió más que una rabieta.
Natalia esperó a que Clara se quedara quieta —ya fuera dormida o fingiendo— y luego se sentó a la mesa de la cocina mirando el número de Laura en su teléfono.
No llamó de inmediato. Repasó mentalmente los últimos días: el sobresalto, la constante sensación de alerta, la forma en que Clara se frotaba las manos hasta que la piel se le irritaba.
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