El día que recibí mi diploma, la primera vez que...
Lo único que hice fue regresar al callejón con una bolsa llena de ingredientes.
Preparé caldo de pollo en la cocina de Doña Carmen.
Tal como me había pedido.
Cuando el vapor llenó la casa, sentí una ausencia tan grande como una presencia.
Por costumbre, serví dos tazones.
Uno para mí.
Otro frente a la silla vacía.
—Ya terminé, Doña Carmen —dije en voz baja, con la garganta anudada—. Lo preparé.
Afuera, caía la noche sobre Guadalajara, y el callejón seguía igual de pequeño, igual de silencioso.
Pero yo ya no era el mismo joven que había venido por 200 pesos.
Porque a veces uno acepta un trabajo para ganar dinero…
y termina descubriendo, sin darse cuenta, el último acto de amor y arrepentimiento de alguien que abandonaba este mundo.
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