Veinte años después, un desconocido llamó a la puerta de Irina.

—¿Es usted Irina Sokolova? —preguntó la mujer.

Irina asintió.

—Sí. ¿Y usted?

—Me llamo Natalya Verbitskaya. Necesito hablar con usted. Es sobre la maternidad... y sus hijos.

La última palabra impactó más que cualquier nombre. A Irina se le heló la sangre.

—Se equivoca —dijo rápidamente, casi con rudeza—. Mis hijos ya no están.

La mujer no cedió.

—No todos.

El mundo no se derrumbó. No. Simplemente dejó de sonar por un instante. Fue como si alguien lo hubiera apagado todo a la vez: el viento, el susurro de la lluvia, el tictac del reloj en el pasillo, la voz de Irina, lista para protestar. Solo quedaba esa frase.

No todos.

—¿Quién eres? —preguntó Irina con voz ronca.

—Estoy trabajando en un caso sobre la sustitución y adopción ilegal de niños de una maternidad regional a principios de los noventa. Hace unos meses, una antigua enfermera testificó antes de morir. Sus documentos contenían nombres, fechas y copias de diarios. El tuyo era uno de ellos.

Irina apretó el pomo de la puerta con tanta fuerza que le dolía la muñeca.

—Esto no puede estar pasando.

—Entiendo cómo suena —dijo Natalya en voz baja—. Pero no vine sin motivo.

Abrió la carpeta y sacó una tarjeta vieja y amarillenta. Tenía un mensaje familiar: «Irina Mikhailovna Sokolova. Seis recién nacidos. Estado inestable». Debajo había notas, la mitad ilegibles, del médico. Pero Irina enseguida vio una línea. Allí, con una letra diferente y más nítida, estaba escrito: «Mujer. Género. Traslado por orden especial».

«¿Qué es esto?», susurró.

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