un águila con una rosa.
Cuando despertó en el hospital, los bomberos le dijeron que un «buen samaritano» la había salvado y se había marchado sin dar su nombre.
Nunca más lo volvió a ver.
Lucía regresó al presente.
Con manos temblorosas, tocó las cicatrices de Don Rafael.
—¿Fuiste tú…? —sollozó—. ¿Fuiste tú quien me salvó?
Las lágrimas rodaron por el rostro del anciano.
Y con gran esfuerzo, cerró los ojos, señal de «sí».
En ese momento, sonó el teléfono.
Era Daniel.
—¿Está todo bien con mi padre? —preguntó con ansiedad.
— Daniel… —exclamó Lucía—. ¿Por qué nunca me lo dijiste?
¡Tu padre es el hombre que me salvó la vida cuando era niña!
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