Grant me miró, sin culpa, ni siquiera incomodidad. Solo alivio.
Levantó las llaves del coche como si brindara.
Me di la vuelta.
Owen me miró. —¿Nos vamos a casa?
Tragué saliva. —Vamos a un lugar seguro.
Detrás de nosotros, se descorchó una botella de champán. Estaban celebrando. Allí mismo, en el estacionamiento del juzgado.
Entonces sonó el teléfono de Grant.
Al principio, contestó con indiferencia. Pero en cuestión de segundos, todo cambió. Su sonrisa desapareció. Se puso rígido.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
Al principio seguí caminando, pensando que era algo sin importancia: un documento, una firma, algo que se podía solucionar fácilmente.
Entonces lo oí decir mi nombre.
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