Clint Eastwood conducía por la carretera polvorienta de un condado rural de Alabama cuando vio algo que lo detuvo en seco. No era la vista de un paisaje hermoso, sino todo lo contrario, un pequeño restaurante de carretera con un letrero en la puerta que, a pesar de la luz del atardecer, se leía con una claridad obsena. Solo para Coloret, su coche, un chebro impala alquilado, emitió un chirrido suave sobre la grava de la cuneta. Eastwood, con sus 44 años recién cumplidos y la fama mundial del hombre sin nombre, y el inspector Harry Calahan, aún caliente tras el éxito de Harry el sucio, en 1971, apagó el motor.
En el asiento del pasajero, su amigo y colaborador de toda la vida, el director de fotografía Bruce Surtest, dejó escapar un suspiro profundo. “Clint, no lo hagas”, dijo. Su voz cargada de una preocupación genuina. Esto no es San Francisco, esto no es Hollywood. Aquí las reglas son diferentes y te lo digo yo, que he rodado en sitios peores. Pero Clintwood ya había tomado una decisión. Su mirada, esa misma que helaba la sangre a pistoleros y criminales en la pantalla, se fijó en el letrero con una intensidad inquietante.
“Vamos a comer aquí”, declaró con esa voz grave y serena que millones de personas reconocerían en cualquier parte del mundo. Era el otoño de 1974 y Clint Eastwood, una de las estrellas de cine más grandes y rentables del planeta, estaba a punto de cruzar un umbral que cambiaría no solo su tarde, sino el curso de varias vidas. Suscríbete si te gusta el video. El año era 1974, pero en aquel rincón profundo de Alabama el tiempo parecía haberse estancado en una década anterior.
La ley de derechos civiles llevaba 10 años en vigor, pero en muchos corazones y en muchos letreros como aquel, la guerra no había terminado. Eastwood y Surte regresaban de una visita privada a una reserva de caballos en Kentucky y se dirigían a Nueva Orleans, donde Clint tenía compromisos de negocios. habían decidido tomar las carreteras secundarias, alejarse del bullicio, algo que a Iscewood siempre le había gustado. El restaurante llamado El rincón de Franklin parecía sacado de una película de época que nadie quería repetir.
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