"De verdad que tengo problemas ahora mismo", dijo en voz baja. "No tengo adónde ir."
Me acerqué a la mesa y pasé el dedo por la superficie limpia. Ni migas, ni manchas pegajosas. Ni rastro de la vida de otra persona.
"Tienes madre", respondí. "Así que decidan juntos."
"Me está gritando..."
"¿Se suponía que debía aguantarlo en silencio?", interrumpí.
Se quedó callado.
Y en ese silencio, todo se aclaró de repente. Ni siquiera sobre él, sino sobre mí.
Ya no quiero ser un plan B. Ni para él. Ni para nadie.
"Dim", dije más suave, pero firme. "No es mi responsabilidad. Ya no."
"Entendido", respondió en voz baja.
Y colgó.
Sostuve el teléfono en mi oído un segundo más, aunque ya reinaba el silencio. Luego lo dejó sobre la mesa.
El apartamento estaba inusualmente silencioso. Ya no era el silencio ansioso de antes, cuando esperabas una escena. Sino... un silencio verdadero.
Libre.
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