Una noche me senté en el suelo con una caja con sus pertenencias del hospital: su cartera, el reloj con el cristal roto y, al fondo, dobladas con el cuidado con el que él doblaba todo: sus camisas de trabajo.
Azules. Grises. Y una verde descolorida que recordaba de años atrás.
Solíamos bromear diciendo que en su armario solo había camisas.
"Un hombre que sabe lo que necesita no necesita mucho más", decía.
Sostuve una de las camisas un buen rato.
Entonces surgió la idea, repentina y clara.
Si papá no podía ir al baile de graduación... podía traerlo conmigo.
Mi tía no pensaba que estaba loca, lo cual agradecí.
“Apenas sé coser, tía Hilda”, le dije.
“Ya lo sé”, respondió ella. “Te enseñaré”.
Ese fin de semana extendimos las camisas de papá sobre la mesa de la cocina. Su viejo costurero estaba entre nosotras.
Nos llevó más tiempo del esperado.
Corté mal la tela dos veces. Una noche tuve que descoser una sección entera y empezar de nuevo.
La tía Hilda estuvo a mi lado todo el tiempo, guiándome las manos y recordándome que fuera más despacio.
Algunas noches lloraba en silencio mientras trabajaba.
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