Doña Carmen alzó su copa y habló lo suficientemente alto para que todos escucharan.

—Por fin mi hijo tendrá un heredero —dijo con orgullo—. Algo que esta mujer nunca pudo darle.

Las miradas se dirigieron hacia mí.

Algunos invitados bajaron la vista, incómodos.

Otros simplemente observaron, curiosos por ver hasta dónde llegaría la humillación.

Yo seguí acomodando las últimas cajas de regalos sobre la mesa principal.

Había aprendido algo durante esos diez años de matrimonio: cuando las personas creen que te han destruido, bajan la guardia.

Y eso era exactamente lo que estaba pasando.

Paola se acercó a mí con una sonrisa dulce que olía a veneno.

—Gracias por organizar todo, Valeria —dijo acariciándose el vientre—. Sé que debe ser difícil para ti.

No respondí.

Solo sonreí.

Ricardo levantó su copa para pedir silencio.

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