Doña Carmen alzó su copa y habló lo suficientemente alto para que todos escucharan.

Ricardo lo miró con furia.

—¿Tú?

Paola comenzó a llorar.

—¡Yo… yo no sabía que estabas enfermo!

La cara de Ricardo se volvió roja.

—¡Valeria!

Yo lo miré con calma.

—¿Sí?

—¡Tú hiciste esto!

Negué suavemente.

—No.

Miré alrededor.

—Ustedes lo hicieron.

Ricardo respiraba con dificultad.

—Te voy a echar de esta casa.

Sonreí por primera vez.

—No puedes.

Saqué otro documento de la caja.

—Porque esta casa… está a nombre de una empresa que compré hace seis meses.

El silencio se volvió absoluto.

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