—La misma empresa que compró la hipoteca de la propiedad.
Le entregué el documento.
—Eso significa que legalmente… yo soy la dueña.
Doña Carmen casi se atragantó.
—¡Eso es imposible!
—No —respondí—. Solo requiere algo que ustedes nunca creyeron que yo tenía.
Ricardo susurró:
—¿Qué?
Lo miré a los ojos.
—Inteligencia.
Tomé mi bolso.
—Tienen una semana para irse.
Ricardo parecía un hombre completamente distinto.
Derrotado.
Paola lloraba.
Eduardo ya estaba saliendo del jardín.
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