Pensó en la madre. En el “accidente doméstico”. En el hecho de que James había reemplazado a todo el personal tras la muerte de su esposa.
Pensó en la manera en que él había presionado la cabeza del niño contra la almohada, convencido de que era disciplina. No vio maldad en su gesto. Vio ignorancia. Pero alguien más sabía.
Alguien que había tenido acceso a esa habitación. A esa almohada específica.
Clara guardó las astillas en una bolsa. No podía acusar sin pruebas sólidas.
A la mañana siguiente, James bajó al comedor con el rostro endurecido.
—¿Durmió? —preguntó, sin mirarla.
—Sí —respondió Clara—. En otra habitación.
James frunció el ceño.
—Le dije que debe aprender.
Clara sostuvo su mirada.
—Señor, anoche revisé la almohada.
James dejó la taza en la mesa.
—¿Y?
Clara colocó la bolsa transparente sobre el mantel. Los pequeños fragmentos de vidrio brillaron bajo la luz del sol.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué es esto?
—Lo que estaba dentro de la almohada de su hijo.
James se quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
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