Cuando recuperó la consciencia, la realidad era peor que cualquier pesadilla. El frío, el dolor, la incapacidad de moverse: todo era secundario. El verdadero horror era que ya no tenía el control.
Ella, acostumbrada a ser la cazadora, se había convertido en la presa.
Cada minuto se hacía interminable. Intentaba no pensar, no sentir, no existir. Solo contar. Aferrarse a los números, a los detalles, a cualquier cosa, para no disolverse en la oscuridad.
Siete.
Siete rostros. Siete voces. Siete siluetas, que memorizó con fría precisión.
Lo registró todo: gestos, palabras, detalles. Porque incluso entonces, al borde del abismo, quedaba una parte de ella que no se rendía.
Una parte que esperaba. Cuando todo terminó, no se molestaron más en intentarlo. Para ellos, ya estaba muerta.
La arrojaron a un pozo.
La nieve y la tierra se convirtieron en su tumba.
Y el silencio.
Pero la muerte no llegó.
Al principio, solo sintió la falta de aire. Luego, pánico. Luego, rabia.
Esa rabia la salvó.
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