Sabía esperar.
Ah.
Con cada paso, se alejaba más y más de quien era.
Pero no le importaba.
No se buscaba a sí misma.
Estaba terminando lo que había empezado.
Encontró a su último amor muchos años después.
Él llevaba una vida normal.
Familia. Trabajo. Hijos.
Él se rió.
Lo olvidó.
Ella no.
Cuando la vio, no la entendió de inmediato.
Y entonces recordó.
Y el miedo apareció en sus ojos.
Real.
De esos que no se pueden ocultar.
Ella lo miró fijamente durante un largo rato.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido a... cansancio.
No rabia.
No odio.
Solo cansancio.
Cuando todo terminó, estaba sola.
Sin un objetivo.
Sin pasado.
Sin futuro.
No sintió alivio.
No sintió satisfacción.
Solo vacío.
La cacería había terminado.
Pero con ella, su vida terminó, no físicamente, sino internamente.
Ya no sabía quién era.
No era una soldado.
No era un ser humano.
No era una víctima.
No era una verdugo.
Solo una sombra.
A veces la victoria no trae nada.
A veces lo quita todo.
Y solo deja frío.
Como aquel invierno de 1944.
Cuando todo comenzó.
La habitación estaba en silencio.
Un silencio denso, casi tangible.
El tictac del viejo reloj de pared era más fuerte que los latidos del hombre sentado frente a ella. Tenía miedo de moverse. Incluso respirar era difícil, como si cada aliento pudiera ser el último.
Vera Leonidovna Gromova permanecía en las sombras.
Inmóvil.
Pasaron los años.
Dejaron huellas en su cuerpo: una leve cojera, una mano que ya no se levantaba del todo, una cana en su cabello oscuro. Pero su mirada seguía igual. No había nada en sus ojos: ni calidez, ni vida. Solo un vacío frío.
Ante ella estaba el último.
El séptimo.
El de la voz.
Él también había envejecido. Su rostro se había vuelto pesado, flácido, sus manos temblaban. Pero ella siempre lo reconocería. Tales cosas no se borran con el tiempo.
«Yo... no sé quién eres...», murmuró.
Ella no respondió.
Dio un paso adelante.
Luego otro.
Cada movimiento, lento, preciso.
Se detuvo a unos pasos de él.
Y dijo en voz baja:
«Lo sabes».
La palabra quedó suspendida en el aire.
Bajó la mirada.
Y en ese gesto estaba todo.
Lo sabía.
Hace mucho tiempo.
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