Me recordaba a mi abuela, que solía preparar encurtidos cada invierno en Oaxaca. En cada visita, me regalaba un frasco.
“Come bien”, me decía.
Ese sabor… era como estar en casa.
Así que, aprovechando que nadie me veía, agarré una caja y empecé a recoger los frascos.
Uno por uno.
Quince en total.
En casa, los alineé en mi cocina.
Abrí uno.
El aroma era intenso pero reconfortante; no artificial, sino cálido y natural. Lo probé.
Perfecto.
Tal como lo recordaba.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
