El jefe regaló frascos de pepinillos caseros de su madre, y toda la oficina se echó a reír. Los despreciaron y los tiraron como si fueran basura. Yo fui la única que se los llevó a casa. Pero jamás imaginé… que uno de esos frascos contenía un código que revelaría el secreto de la empresa…

Me recordaba a mi abuela, que solía preparar encurtidos cada invierno en Oaxaca. En cada visita, me regalaba un frasco.

“Come bien”, me decía.

Ese sabor… era como estar en casa.

Así que, aprovechando que nadie me veía, agarré una caja y empecé a recoger los frascos.

Uno por uno.

Quince en total.

En casa, los alineé en mi cocina.

Abrí uno.

El aroma era intenso pero reconfortante; no artificial, sino cálido y natural. Lo probé.

Perfecto.

Tal como lo recordaba.

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