Por su silencio.
Por su falta de implicación en sus juegos.
Por el hecho de que no intentó ser una "verdadera esposa" y no pidió nada para sí misma.
Una noche, la encontró en la biblioteca. Nina estaba sentada en el suelo, junto al armario inferior, revisando viejas carpetas con documentación del hotel. Una caja polvorienta yacía cerca.
—¿Qué haces aquí? —preguntó bruscamente.
—Buscando algo que deberías haber encontrado hace mucho tiempo.
Se acercó.
Un contrato amarillento, de quince años de antigüedad, reposaba en su regazo. Bajo el nombre de «Socios del proyecto», figuraban dos nombres: Andrei Zvonarev y Marina Sokolova.
Marina Sokolova.
Había visto el nombre de su difunto padre miles de veces.
Pero el segundo le resultaba vagamente familiar.
Nina lo miró.
—Es mi madre.
Las palabras resonaron con fuerza y precisión en el silencio.
Alexander se enderezó lentamente.
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