“Tenemos muchos niños”, dijo. “Algunos mayores. Algunos bebés. Algunos van y vienen rápidamente. Algunos… se quedan más tiempo del que deberían”.
Pasaron junto a niños pequeños con bloques de madera. Levantaron la vista, curiosas, y luego volvieron a su juego. De todos modos, a Richard se le encogió el corazón.
Al final del pasillo, la Hermana Catherine se detuvo ante una puerta. Dudó, solo un segundo, como si estuviera decidiendo si la verdad que se escondía tras ella era demasiado pesada para una desconocida. Entonces la abrió.
La habitación de los niños estaba cálida y tenuemente iluminada. Cunas alineaban una pared. Animales de peluche estaban sentados en los rincones. El aire olía inconfundiblemente a loción para bebés y mantas limpias. Y en el rincón más alejado, nueve cunas estaban juntas: nueve pequeños bultos durmiendo y moviéndose.
Richard dio un paso adelante, conteniendo la respiración.
"Las dejaron juntas", dijo la Hermana Catherine en voz baja. "Todas a la vez".
"¿Nueve?", susurró Richard, como si el número no pudiera ser real.
Ella asintió. "Nueve niñas".
Su piel era morena oscura. Su cabello era suave y apretado contra sus cabezas. Una tenía un puño apretado contra la mejilla, otra suspiraba en sueños como si el mundo ya fuera agotador.
“¿Son hermanas?”, preguntó.
“No lo sabemos”, admitió la Hermana Catherine. “Sin papeles. Sin nota. Solo una canasta en la escalera y nueve bebés dentro. Un milagro y una tragedia.”
Richard las miró como si estuviera contemplando el destino.
“¿Qué les pasa?”, preguntó con voz temblorosa.
La Hermana Catherine no respondió de inmediato. Su silencio sí.
“La gente adopta a una”, dijo finalmente. “A veces dos. Pero nueve…” Negó con la cabeza. “Nadie quiere llevárselas todas.”
Richard volvió a mirar las cunas.
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