El silencio entre ellos se sentía pesado, casi vivo. No lo entendía del todo, pero mi cuerpo sí. Algo andaba mal.
Di un paso atrás.
El suelo crujió.
Dentro, todo se quedó en silencio.
—¿Quién anda ahí? —preguntó Elena.
Entré en pánico, corrí de vuelta a nuestra habitación y fingí estar dormida. Momentos después, Mateo entró. Lo sentí de pie junto a la cama, deteniéndose demasiado tiempo.
Luego se fue.
Cuando finalmente regresó y se acostó a mi lado —manteniendo la misma fría distancia que había definido nuestro matrimonio durante tres años— me di cuenta de algo aterrador.
No era que no supiera cómo amarme.
Era que había aprendido a pertenecer a un lugar donde nunca debió haber estado.
La mañana siguiente se sintió surrealista. Elena preparó café con calma. Mateo revisaba su teléfono. Todo parecía normal.
Demasiado normal.
—Tienes muy mala pinta —dijo Elena con naturalidad—. ¿No dormiste bien?
La forma en que lo dijo me hizo pensar que lo sabía.
—Oí algo anoche —respondí.
Mateo levantó la vista brevemente.
En sus ojos, lo vi.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
