Entré en la notaría con la espalda recta y la respiración tranquila, consciente de que mi pasado me esperaba dentro.
No necesitaba verlos para sentir su presencia. El aire olía a suelos pulidos y a una sobriedad exquisita; el tipo de ambiente propio de quienes nunca habían tenido que pedir clemencia.
Mis tacones resonaban sobre el mármol con un ritmo ensayado, no para parecer segura, sino para mantener el control. Crucé los brazos, no para sentirme cómoda, sino para calmar mi pulso. La recepcionista me dedicó una sonrisa forzada y me indicó que bajara por un pasillo estrecho, como si se tratara de un trámite rutinario y no de una historia inconclusa.
Avancé de todos modos. No había venido a reconciliarme. Había venido a cerrar un capítulo que se había prolongado demasiado. Y en el fondo, sabía que esto no se desarrollaría como esperaban.
Dentro de la sala de conferencias, vi primero a Adrián.
Estaba sentado con la postura de un hombre que creía que todas las salas le pertenecían. Su traje gris oscuro estaba impecable, del mismo tono que yo solía planchar con cuidado. Esa sonrisa pulida y familiar se dibujó en su rostro, la que una vez disfrazó mentiras de encanto.
A su lado estaba Lillian Moore, antes su asistente, ahora su socia. Su cabello cobrizo estaba peinado para llamar la atención, algo que no se había ganado. Su mirada me recorrió con una calculadora apenas disimulada.
Al fondo se sentaba Eleanor Walsh, erguida y severa, con los dedos aferrados a un bolso de diseñador como si fuera una armadura. En cuanto me vio, sus ojos se agudizaron. Los tres me miraron como quien mira una factura que le molesta pagar.
Adrian señaló una silla vacía.
Permanecí de pie.
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