Delgada. Trenzas oscuras. Ojos serios, demasiado maduros para su rostro. Llevaba un cuaderno apretado contra el pecho. Lina. La hija de Rosa. Solía sentarse en silencio en un rincón, haciendo los deberes, ocupando el menor espacio posible, como si la habitación nunca hubiera sido para ella.
—Una cosa más, Hans —dijo la socia más joven, inclinándose hacia adelante—. Solo tu firma. No te preocupes por el lenguaje técnico. Todo concuerda con nuestro acuerdo.
Hans respiró hondo. La pluma se cernía sobre el papel.
Los segundos se alargaron.
Y entonces…
Una voz.
Pequeña. Clara. Sin miedo.
«Ese papel no dice lo que usted piensa».
La sala se quedó en silencio.
Hans levantó la vista.
Lina miraba fijamente el contrato.
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