Durante la siguiente hora, Mia se movió discretamente: rellenando vasos, recogiendo platos, mimetizándose con el entorno. Pero escuchaba. No por curiosidad, sino por instinto. La vida le había enseñado a detectar el peligro mucho antes de que llegara.
A las 9:02, todo cambió.
Dio un paso al frente con la carta de postres mientras Gabriel se inclinaba ligeramente hacia atrás.
En el reflejo tras él…
lo vio.
Un tenue y constante punto rojo.
Centrado sobre su corazón.
El tiempo se estiró.
Su mente calculaba ángulos, distancias, reflejos.
Francotirador.
Gabriel levantó su copa, sin darse cuenta, o quizás simplemente sin miedo.
Mia no pensó.
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