Leo sonrió.
Era una sonrisa que parecía a punto de romperse.
—Sí. Solo me duele.
—¿Te duele por qué?
Una pausa.
—Por los deportes.
Leo odiaba los deportes.
Michael abrió la puerta del coche.
Leo no se sentó. Se dejó caer lentamente, apoyando los brazos en el asiento como si intentara desafiar la gravedad.
—Me sentaré así —murmuró.
Michael apretó la mandíbula.
LA CENA A LA QUE NO SE SENTÓ
De vuelta en casa, las puertas se abrieron suavemente. Las luces del camino de entrada brillaban con una luz tenue y acogedora, detalles que Leo solía notar. Esta noche apenas lo miró.
La cena estaba lista. Los platos estaban puestos.
Leo permaneció de pie.
—Puedes sentarte —dijo Michael con suavidad.
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