Coloqué margaritas en la lápida de Ethan y apoyé la palma de la mano sobre el frío granito.
«Ya no voy a dejar que extraños hablen por ti», susurré. «No más secretos. No más palabras prestadas».
El dolor seguía ahí. Siempre lo estaría.
Pero ahora era puro: sin confusión, sin manipulación, sin fantasmas ajenos.
Solo la verdad.
Y podía soportarlo.
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