Mi madrastra me lanzó a la nieve para borrarme del mundo, pero entre fierros oxidados hallé el cartel de una niña desaparecida con mi mismo rostro… y ese papel arrugado abrió la puerta al abrazo que me devolvió la vida…

Ignacia abrió la puerta de madera de un tirón. El viento entró como un animal furioso, azotando las cortinas y apagando casi por completo la llama del quinqué.

—Una boca menos que alimentar —dijo.

Y me aventó a la tormenta.

Caí de espaldas sobre el lodo endurecido y la nieve sucia del patio. La puerta se cerró con un golpe que todavía, muchos años después, sigo escuchando en sueños. Me levanté como pude, sosteniéndome el brazo quemado contra el pecho. Lloré sin sonido. Siempre lloraba así. Mis lágrimas salían, mi pecho temblaba, pero mi garganta se quedaba cerrada como un candado oxidado.

Golpeé una vez la puerta. Luego otra.

Nadie abrió.

A través de una rendija vi la sombra de Ignacia pasar frente al fogón. Vi la luz tibia. Vi el calor que no era para mí. Y entendí, con la crueldad limpia con la que entienden los niños, que si me quedaba allí me iba a morir antes del amanecer.

Empecé a caminar.

No llevaba zapatos. Solo unos calcetines mojados, rotos en los dedos. La nieve me mordía las plantas de los pies. El viento me cortaba la cara. Mi brazo derecho latía con un dolor tan vivo que por momentos me mareaba. Crucé la calle principal del pueblo, desierta, con las láminas de los techos rechinando bajo la tormenta. Pasé frente a la capilla cerrada, frente a la tienda del señor Merino, frente a la plaza vacía donde durante las fiestas patrias colgaban papel picado y vendían buñuelos. Aquella noche todo parecía abandonado por Dios.

No iba hacia ningún sitio. Solo me alejaba de la casa.

Mis piernas me llevaron, sin que yo lo pensara mucho, hasta el vertedero de chatarra a las afueras del pueblo. Era un lugar donde a veces encontraba pedazos de cartón, latas medio útiles o trapos que Ignacia me obligaba a recoger para vender por unas monedas. Entre montones de metal oxidado descubrí un viejo tambor acostado de lado. Me metí adentro como un animal herido buscando madriguera y abracé mi brazo.

La fiebre empezó antes del amanecer.

El primer día pensé que quizá Ignacia se arrepentiría y saldría a buscarme. El segundo, ya no pensé nada. Solo temblé. La quemadura se había hinchado y cada respiración me dolía. El tercer día mi cuerpo dejó de sentir bien el frío. Eso fue lo más aterrador. Ya no me castañeteaban los dientes. Ya no me ardían los pies. Era como si me estuviera apagando despacito.

Recuerdo el cielo gris detrás de los montones de chatarra. Recuerdo el olor a óxido, a cartón mojado y a perro callejero. Recuerdo haber pensado, con una claridad que no correspondía a una niña de siete años, que yo no quería morirme sin saber lo que se sentía tener una mamá de verdad.

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