Mi madrastra me lanzó a la nieve para borrarme del mundo, pero entre fierros oxidados hallé el cartel de una niña desaparecida con mi mismo rostro… y ese papel arrugado abrió la puerta al abrazo que me devolvió la vida…

Moví la mano izquierda entre unos cartones húmedos buscando algo para cubrirme el brazo. Mis dedos tocaron un papel duro, arrugado, pegado por la humedad. Lo saqué. Era un cartel impreso a color, maltratado por la lluvia, pero todavía legible. Me arrastré hasta el borde del tambor para acercarlo a una farola lejana.

Entonces la vi.

La niña del cartel tenía más o menos mi edad. Llevaba un poncho rojo tejido y sonreía con una dulzura tan limpia que dolía mirarla. No se parecía a nadie de Valle del Viento. No tenía los ojos apagados ni la postura encogida de los niños del pueblo. Parecía una niña nacida para ser besada en la frente antes de dormir.

Bajo la fotografía se leía: BUSCAMOS A SOLANA.

Seguí leyendo, moviendo los labios porque me costaba comprender tan de prisa.

Tiene un lunar oscuro detrás de la oreja derecha y una pequeña marca de nacimiento en el antebrazo izquierdo.

Mi corazón dio un tirón.

Me palpé detrás de la oreja. Ahí estaba el lunar. Uno que Ignacia había llamado siempre “mancha de bruja”. Luego miré mi antebrazo izquierdo bajo la costra de mugre. Froté con saliva. La marca apareció, tenue, pero inconfundible, como una nubecita alargada.

Sentí una cosa extraña. No alegría. No todavía. Más bien vértigo.

Busqué entre la basura un trozo de espejo roto. Al inclinarlo hacia la luz, vi mi cara sucia, demacrada, con los labios partidos y las ojeras moradas. Pero también vi los mismos ojos del cartel. Las mismas cejas. La misma forma de la frente.

Abajo, en letras grandes, estaba el número telefónico. Y una recompensa que para mí no significaba nada. El dinero era una idea lejana. Yo solo entendía otra cosa: si de verdad era esa niña, había alguien buscándome. Alguien que tal vez no me golpearía por tocar una olla. Alguien que quizá, solo quizá, me daría sopa sin insultos.

Rebusqué en el bolsillo escondido de mi pantalón. Ahí guardaba mi tesoro más importante: una moneda de un peso, sucia, gastada, que me habían dado unas semanas antes por cargar leña. La cerré tan fuerte dentro del puño que me dejó la marca en la palma.

Salí del tambor tambaleándome.

La cabina telefónica estaba frente a la oficina de correos, a unas calles del centro. El trayecto me pareció eterno. Más de una vez caí de rodillas en la nieve. Más de una vez pensé en volver al tambor y dejarme dormir. Pero seguí avanzando, arrastrando la pierna derecha y apretando el cartel contra el pecho como si fuera una estampita milagrosa.

Cuando llegué, la cabina estaba desierta y el vidrio roto dejaba entrar el viento. Tuve que apilar dos ladrillos para alcanzar la ranura. Mis dedos temblaban tanto que casi se me cae la moneda. Al final la metí. Escuché su golpe metálico caer dentro del aparato. Marqué el número con la uña morada del índice.

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