No hay mexicana que me gane dijo la campeona japonesa… y la joven mexicana la dejó atrás en la pista…

Ella sonrió.

—De un barrio en Iztapalapa. De una casa donde el techo gotea cuando llueve fuerte. De un lugar donde correr no era deporte… era llegar rápido para que no me alcanzaran los problemas.

El auditorio quedó en silencio.

—Mi mamá limpia oficinas. Mi papá manejó microbús hasta que enfermó. Yo entrenaba en la pista pública del deportivo los martes y jueves… porque los otros días no había luz.

Alguien preguntó:

—¿Por qué no celebraste al rebasarla?

Ella respondió:

—Porque la carrera no era contra ella. Era contra todo lo que me dijeron que no podía hacer.

El estadio entero vio el sprint final.

Pero nadie vio las madrugadas.

Nadie vio los entrenamientos con hambre.

Nadie vio el día que su entrenador tuvo que pagarle la inscripción al torneo porque no había dinero.

Al terminar la conferencia, cuando todos se dispersaban, la japonesa pidió hablar a solas con ella.

Se fueron a un pasillo más tranquilo.

La campeona habló primero:

—Fui arrogante. Lo siento.

La mexicana negó con la cabeza.

—No. Fuiste segura. Yo también lo soy.

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