Hubo una pausa.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó la japonesa.
—Valeria.
La japonesa asintió.
—Valeria. Quiero volver a correr contigo. No como rival que subestima. Sino como atleta que respeta.
Valeria sonrió.
—Cuando quieras.
No fue un momento dramático.
Fue sencillo.
Honesto.
Humano.
En Iztapalapa, esa misma noche, el barrio completo estaba pegado a una televisión pequeña en la tienda de Don Chuy.
Su mamá lloraba abrazada a una vecina.
Su papá, sentado con un tanque de oxígeno a un lado, no decía nada. Solo sonreía con los ojos húmedos.
Un niño preguntó:
—¿Ella también vivía aquí?
El papá de Valeria respondió:
—Sí. Aquí mismo corría cuando iba tarde a la secundaria.
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