Ocho años después del divorcio, él se burló de ella frente a todos… sin saber que esa mujer ya se había convertido en alguien inalcanzable para él.
Cuando su nuevo esposo entró, el salón entero se quedó en silencio.Y por primera vez, el hombre que la rompió… no supo qué decir.
Amalia Reyes se quedó mirando el sobre color marfil sobre la mesa de su departamento en la Ciudad de México como si fuera una trampa.
Llevaba dos días ahí, intacto, esperando. La letra en el frente era elegante, conocida, demasiado parecida a otra vida que ella había pasado ocho años intentando dejar atrás.
Esa tarde, cuando la luz naranja del atardecer entró por la ventana y pintó de oro la sala, por fin lo abrió.
“Reunión Generación 2010”, leyó.
Soltó el aire despacio.
Ocho años. Ocho años desde la última vez que había visto a la mayoría de esas personas. Ocho años desde que había sentido el peso de sus miradas, sus comparaciones, sus rumores. Ocho años desde que dejó de ser “la promesa brillante del salón” para convertirse en “la divorciada de la que todos opinaban”.
Su teléfono vibró.
—Dime que ya viste la invitación —dijo Daniela, apenas Amalia contestó.
—Ya la vi.
—¿Y?
—Y nada. No creo que vaya.
Del otro lado hubo un suspiro largo, teatral.
—Amalia, no puedes seguir escondiéndote de todo lo que te recuerde el pasado.
—No me estoy escondiendo.
—¿Ah, no? ¿Entonces por qué, cada vez que aparece el nombre de Gael, te quedas helada?
Amalia cerró los ojos un segundo.
Gael Mendoza.
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