A ser mal leída, luego corregida, luego convertida en un objeto de interés súbito.
A los hombres que la ignoraban hasta que descubrían algo útil en su biografía.
A las mujeres que la observaban con una mezcla de admiración y cautela porque no sabían dónde ponerla: demasiado dura para ser amable, demasiado callada para ser simpática, demasiado rota para ser inspiradora, demasiado funcional para ser descartable.
Cuando el avión alcanzó altura de crucero, el cinturón dejó de apretarle el abdomen y pudo relajar apenas los hombros. Fue entonces cuando la mujer de 3B habló sin mirarla.
—No sabía lo del tatuaje.
Rhea giró muy despacio la cabeza.
—No es el punto.
La mujer apretó los labios.
—Quise decir que… no sabía que usted era… eso.
Rhea sostuvo la mirada unos segundos.
—Yo tampoco sabía que usted era así hasta hace una hora. Y sin embargo, aquí estamos.
La mujer volvió el rostro hacia la ventanilla y ya no dijo nada más en mucho tiempo.
Rhea cerró los ojos, pero no dormía. Casi nunca dormía de verdad en los aviones. Los ruidos mecánicos, el cuerpo suspendido, la vulnerabilidad compartida con desconocidos; todo eso había terminado mezclándose demasiado con memorias viejas. No miedo exactamente. Más bien vigilancia insertada en el sistema.
Y sin embargo, el cansancio empezó a arrastrarla hacia abajo.
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