…pero Rhea no respondió de inmediato.

Pensó en Washington. En la organización de veteranos que le había pagado el boleto. En la consulta del viernes con un neurólogo del Departamento de Asuntos de Veteranos. En la caja de cartón que todavía seguía sin abrir en su departamento temporal en Alexandria. En las cartas sin responder de antiguos compañeros. En el hueco extraño que le quedaba cada vez que alguien decía “gracias por su servicio” sin tener idea de lo que pedía esa frase.

Cerró los ojos un poco más.

Y entonces volvió el desierto.

No el de verdad, sino el que le aparecía cuando el cuerpo se soltaba justo lo suficiente. El calor blanco. El metal. El olor a cable quemado. Un operador tendido de lado. Sangre donde no debería haber sangre. Un canal de radio saturado. El dolor violento en su propia espalda. El instante exacto en que supo que podía sacar a dos, quizá tres, pero no a todos.

Abrió los ojos de golpe.

El aire acondicionado de la cabina le dio directo al rostro. El vaso de agua en su mesita temblaba un poco por la turbulencia leve. La mujer de 3B dormía con la boca apenas abierta. El hombre del traje azul tecleaba en su laptop. Una niña dos filas atrás intentaba no llorar. Un auxiliar arrastraba despacio el carrito del servicio.

Todo normal.

Todo sospechosamente normal.

Rhea apoyó la cabeza contra el asiento y respiró por la nariz, contando cuatro segundos adentro, cuatro afuera. La vieja disciplina. El metrónomo privado que la había mantenido útil cuando otras cosas fallaban.

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