Rhea asintió.
—Está bien.
No estaba bien. Pero no iba a explicarle la diferencia.
Cuando por fin se sentó en 3A, la espalda le lanzó una punzada que la obligó a cerrar los ojos apenas un segundo. Nadie a su alrededor lo notó, salvo el piloto. Él sí.
—¿Necesita algo más antes de que cerremos? —preguntó.
Ella lo miró.
Qué pregunta tan simple y, sin embargo, tan extraña. Durante años, la gente le había preguntado si estaba lista, si podía seguir, si tenía la información, si la zona era segura, si el objetivo estaba confirmado. Pero “¿necesita algo?” era casi un idioma ajeno.
—No —respondió al fin—. Gracias.
Markell hizo una pequeña inclinación con la cabeza. Luego regresó a cabina.
El avión despegó veintidós minutos más tarde de lo previsto. Durante ese tiempo, Rhea sintió el peso de las miradas ajenas como si la cabina entera estuviera tratando de reconstruir una historia con demasiados huecos. Lo notaba en las observaciones furtivas hacia el cuello de su camisa, en la forma en que la sobrecargo principal la llamaba “comandante” aunque no supiera si ese era el trato correcto, en la incomodidad muda de la mujer sentada a su lado.
Rhea estaba acostumbrada a eso también.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
