…pero Rhea no respondió de inmediato.

—Mi marido me dejó por una instructora de yoga de treinta y dos años.

Rhea parpadeó.

No respondió.

La mujer siguió, quizá porque el alcohol y la vergüenza suelen abrir la misma puerta.

—Todo el mundo actuó como si yo hubiera perdido algo más que a un idiota. Perdí posición. Eso fue lo que nadie se atreve a decir. Perdí presencia. Me convertí en esa esposa a la que ya no invitan igual.

Rhea siguió inmóvil. No tenía intención de convertirse en confesionaria de nadie.

—No estoy justificando lo de antes —añadió ella, ahora sí girándose un poco—. Solo… supongo que me acostumbré a entrar a los lugares y asegurarme de que nadie pudiera quitarme espacio.

Rhea la estudió. Era fácil odiarla. Seguramente seguiría siendo desagradable en mil contextos. Pero en ese momento tenía algo más desnudo encima de la arrogancia: miedo viejo mal administrado.

—Quitarle espacio a otros no evita que a usted se lo quiten después —dijo Rhea.

La mujer se quedó callada.

—Ya lo sé —murmuró al fin.

No volvieron a hablar.

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