…pero Rhea no respondió de inmediato.

Rhea lo observó unos segundos. El chico no tendría más de veinticinco. Seguía incómodo, pero ahora había algo mejor que la culpa en su cara: aprendizaje.

—Gracias —dijo ella—. El café está bien. Lo demás lo manejo yo.

Él asintió.

—Y… lo siento otra vez. Me equivoqué.

Rhea aceptó la taza.

—Sí. Pero ya entendió por qué.

Él tragó saliva.

—Sí, ma’am.

No volvió a llamarla ma’am después de eso, quizá porque entendió que el respeto no está en el título, sino en el acto.

El resto del vuelo transcurrió con una calma tensa, como la calma que queda después de una pequeña explosión en un cuarto cerrado. Los pasajeros evitaban mirarla demasiado, pero a la vez no podían dejar de incluirla en su conciencia. Rhea sentía ese cambio igual que se siente el peso extra de una placa en el chaleco: no es insoportable, pero no te deja olvidar que está ahí.

A mitad del trayecto, la mujer de 3B pidió un whisky doble.

Luego otro.

A la tercera ronda, habló sin mirarla otra vez.

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