El murmullo entre los pasajeros cercanos cesó. Lo que antes había sido diversión discreta empezó a mutar en incomodidad. La gente siempre disfruta un abuso mientras parezca pequeño. En cuanto alguien le pone nombre, el espectáculo pierde encanto.
Rhea seguía de pie junto a la fila 22, una mano sobre la correa de su bolsa, la espalda protestándole por el tiempo extra parada. Sentía la tensión en los músculos igual que sentía una tormenta acercarse en el mar: no por ruido, sino por presión.
Markell giró otra vez hacia ella.
—Teniente comandante… ¿Calden, dijo?
Rhea asintió apenas.
—Retirada.
—El uniforme nunca se retira del todo —respondió él, casi sin pensarlo.
Aquella frase le golpeó algo muy adentro. No de forma dulce. De forma precisa. Había días en los que Rhea deseaba desesperadamente que sí, que el uniforme se retirara completo, que la espalda dejara de doler, que las noches dejaran de tener puertas reventadas y arena en los pulmones, que los aeropuertos no le parecieran zonas de riesgo con cafeterías. Pero también había días, como aquel, en que un simple reconocimiento de lo que había sido y seguía siendo la mantenía entera.
No respondió.
Markell se enderezó.
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