…pero Rhea no respondió de inmediato.

Rhea la observó sin expresión. Desconocida. Qué palabra tan curiosa. Había pasado quince años en misiones donde la seguridad de decenas dependía de permanecer desconocida. Había cargado compañeros heridos en lugares que esa mujer jamás podría señalar en un mapa. Había oído morir a hombres en idiomas que luego no conseguía recordar del todo al despertar. Y aun así, ahí estaba otra vez, reducida a una desconocida molesta porque no vestía el tipo correcto de riqueza.

Markell, en cambio, parecía haber dejado de verla como una anomalía y empezaba a verla como lo que realmente era la pasajera de 3B: una persona habituada a comprar impunidad en cuotas pequeñas.

—Señora —dijo con la calma más peligrosa que existe—, tiene tres opciones. Ocupar el asiento que figura en su tarjeta, aceptar la reubicación voluntaria que le ofrecerá la tripulación si aún hay disponibilidad, o descender del avión.

—¿Perdón? —jadeó ella.

—Ha interferido con el embarque, ha presionado indebidamente a la tripulación y ha provocado la desubicación de otra pasajera. Así que sí: perdón, pero esas son sus opciones.

Hubo un silencio espeso.

Y entonces habló un hombre de la fila 4, uno de los que antes habían soltado una risita por lo bajo.

—Bueno, capitán, tampoco es para tanto. Solo es un asiento.

Rhea giró apenas la cabeza hacia la voz. Era un hombre de traje azul, reloj grueso, cara satisfecha de quien pasa la vida entera sin que lo contradigan en serio.

Markell lo miró un segundo.

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