Aquello cambió el clima de la cabina. Una sola verdad dicha en voz alta tiene una capacidad extraña para destapar otras. De pronto, el silencio que antes había protegido la escena empezó a fracturarse.
La mujer de 3B giró sobre sí misma, buscando apoyo en los ojos de otros pasajeros. No lo encontró.
—Quiero hablar con la aerolínea —dijo, rígida.
Markell asintió.
—Lo hará en tierra si decide no volar. Mientras tanto, la puerta se cierra en cinco minutos.
Rhea, agotada ya de aquel pequeño juicio moral en un tubo metálico, habló con la misma sobriedad con la que habría dado una orden de extracción años atrás.
—Capitán, no necesito que la bajen por mí. Solo quiero sentarme.
Él la miró un segundo y entendió algo. No estaba frente a una víctima deseosa de venganza pública. Estaba frente a alguien que había sobrevivido a escenarios infinitamente peores y que solo quería una mínima restauración del orden.
—Entendido —respondió.
La mujer terminó ocupando el asiento 3B, tiesa, furiosa, cuidando de no rozar a Rhea ni un centímetro, como si la proximidad física pudiera contaminarla con algo. El auxiliar de vuelo, ahora hiperconsciente de cada gesto, ofreció a Rhea una disculpa tan formal que casi sonó ensayada.
—Lamento profundamente lo ocurrido, señora Calden.
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