Esa noche, Natalia no durmió. Se sentó en la oscuridad, escuchando el edificio: el ascensor, pasos lejanos, la televisión de un vecino.
A las 2:17 de la madrugada, se oyó un portazo en la puerta.
Natalia miró a través de la cortina. Un vehículo negro permaneció bajo la farola más tiempo del debido.
Pasaron cinco minutos.
Luego se alejó lentamente, como si solo hubiera venido a confirmar algo.
Por la mañana, Natalia llamó a la policía, eligiendo sus palabras con cuidado, intentando no parecer asustada.
La voz del agente se mantuvo neutral. Impasible.
Y Natalia comprendió, con una claridad aterradora, que aquello que había marcado a Clara no pertenecía al pasado.
—¿Alguna amenaza directa? —preguntó. Natalia miró a Clara, pequeña y silenciosa en el umbral, y comprendió que el miedo no necesitaba amenazas para ser letal.
—No —dijo Natalia—. Solo… señales. La agente le aconsejó que guardara los registros y que volviera a llamar si la situación empeoraba. Natalia tenía ganas de gritar.
Más tarde, Laura volvió a llamar. Su voz era diferente: más grave, más pesada. —Natalia —dijo—, necesito que prepares una maleta para Clara.
A Natalia se le encogió el pecho. —¿Por qué? —preguntó, temiendo ya la respuesta. Laura hizo una pausa y luego eligió sus palabras con cuidado.
—Hay discrepancias —dijo Laura—. La marca que describiste coincide con algo detectado en un caso anterior. Necesitamos verificar la identidad de Clara.
Natalia sintió que la rabia le subía por las venas. —Tú aprobaste mi adopción —espetó—. Me la entregaste. ¿Ahora quieres recuperarla?
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